Y esta atención mediática también se ha extendido a otras protestas.
Más adelante, en el Paseo de la Reforma, cerca de las sedes de dos de los periódicos nacionales del país, cientos de profesores en huelga se habían congregado bajo los edificios.
Protestaban contra sus salarios, pensiones y condiciones laborales, y muchos habían viajado durante horas para estar allí. Los vecinos comentaron que otros trabajadores del sector público se habían unido a la protesta en señal de solidaridad.
El esfuerzo deliberado por lograr que su mensaje se entendiera más allá de México continuó, y algunos manifestantes tradujeron sus cánticos al inglés para que los turistas que visitaban el país pudieran comprender por qué estaban luchando.
«No queremos un Mundial», dijeron. «Solo queremos mejores salarios».
«El Mundial no está hecho para la gente de aquí», anunció un manifestante por megáfono. «Está hecho para empresarios ricos que pueden permitirse comprar entradas».
Para muchos residentes, asistir a un partido del Mundial se considera algo irrealizable. La sola idea de tener una entrada para un partido suele provocar risas.
«Las entradas son demasiado caras. Jamás podríamos pagarlas», es un sentimiento expresado con frecuencia.
En cambio, muchos aficionados dijeron que planeaban dirigirse a bares locales y zonas de aficionados para ver los partidos y disfrutar del ambiente.
Así, a medida que se acerca el inicio del partido, la Ciudad de México se presenta ante el mundo como una ciudad vibrante y acogedora, inmersa en la emoción de albergar el mayor espectáculo del fútbol por tercera vez en su historia, siendo la única ciudad en hacerlo.
Pero entre las banderas, las zonas de aficionados y las celebraciones, también hay voces decididas a no dejar pasar el momento sin ser escuchadas.
Familias que buscan a sus seres queridos desaparecidos, profesores que exigen salarios más justos y ciudadanos que se preguntan quién se beneficia realmente del torneo.
Durante las próximas semanas, la atención del mundo estará centrada en México. Pero la pregunta que se hacen muchos manifestantes es si, una vez que suene el silbato final, alguien seguirá escuchando.